Ciudadanos

El estado violento de opresión en que por desgracia nuestra gemimos después que la arbitrariedad y la ignorancia abatieron la libertad nacional va a desaparecer de entre nosotros, y la virtud y el mérito vuelven a su antiguo imperio. ¿Pudiera tal vez la Nación generosa que ha luchado con tanta gloria por su independencia, despreciar los preciosos momentos que el destino le presenta para recobrarla? No por cierto.

¿Pero en medio de este ardor por el bien público, en medio de estos gloriosos ecos que resuenan en todas partes con los deseos de un pueblo libre y generoso, qué voz espantosa resuena en mi corazón para despedazarle? Es del despotismo, de ese monstruo que tiembla en el mismo alcázar que ha levantado sobre nuestras desgracias y que mira ya muy cerca de su ruina.

Huyendo de las ciudades donde la ilustración ha descubierto más pronto sus delitos aún pretende seducir y triunfar en medio de la inocencia de los campos. Les presentan su nueva libertad como una vida sembrada de desórdenes y escándalos, la Religión expuesta a los tiros de la falsa filosofía... ¡Desdichados! ¿Y les creéis? Sé que os pintan con los colores más horrorosos nuestras mejoras. Conocedlas pues, nobles ciudadanos: vosotros, sencillos labradores, conocedlas.

La virtud y la ilustración os las enseñan al paso que miran con el mayor sentimiento las tristes señales del abandono de vuestra suerte en los medios de un gobierno despótico o más bien la más cruel oligarquía ha tomado para abismaros en la ignorancia, haciéndoos desconocer así vuestro precio.

Hubo un tiempo en que el pueblo en quien reside solo la soberanía ha sido libre. Las leyes que le regían se dictaban por sus representantes, y sostenidos por ellos sus derechos no eran atropellados por la arbitrariedad. El Rey los respetaba. En días tan felices el placer y las satisfacciones reinaban lo mismo en las humildes cabañas que en los grandes palacios; y las Cortes compuestas de individuos nombrados por la Nación distribuían igualmente la justicia a todas las clases sin que el hombre sumido en las selvas más apartadas dejase de tener en sus derechos respectivamente la misma representación que el personaje rodeado de faustos y de honores, en medio de la corte.

La autoridad real y la autoridad nacional habían estado muy cerca de su balanza, y la hubieran conseguido si las contínuas guerras, el desenfreno de los nobles, las disensiones civiles, la intriga de algunas clases respetables no hubieran alterado las leyes fundamentales y dado lugar a que los Reyes aumentasen insensiblemente su autoridad reuniendo de tarde en tarde los congresos nacionales, de cuyos representantes debilitaban el poder paulatinamente.

El poder real no conoció en lo sucesivo otro freno que el capricho del soberano; y en este miserable estado, Fernando, ese Príncipe engañado, subió al trono en los momentos de una efervescencia popular sin que los miserables Ministros que le rodeaban procuraban presentarle por modelo, más que la conducta detestable de sus antepasados. ¿qué podía hacer el desgraciado sino imitarla?

Hubo una ocasión en que el pueblo volviendo a su usurpada libertad le gritó haciéndole ver sus deberes, pero la intriga, el interés personal, la ambición, y el orgullo de los que le rodeaban, no permitieron llegar a él sus voces, y siguió hasta ahora engañado en sus errores. Ahí cuanto hemos sufrido desde su venida de Valençay. ¿Qué representación ha tenido la España en los Congresos de Viena y de Aix-la-Chapelle y en todas las cortes extranjeras donde hacían un papel ridículo sus embajadores?

Pero qué perspectiva tan diferente nos presenta el gobierno constitucional. Su ley fundamental ha sido dictada por nosotros mismos; ha tenido por objeto nuestro bien y nuestra libertad; la ha defendido: ha puesto límites a la autoridad que pudiera combatirla, y repartiendo la soberanía entre el pueblo y el Monarca encontró los medios de evitar los dos escollos, el despotismo y la anarquía.

Un comercio libre reglado por las instituciones más sabias traerá a nuestras plazas de los climas distantes todo lo que no encontremos entre nosotros, y llevará a los extranjeros las producciones que nos sobren. No será mercenaria la justicia; ni abusando de su autoridad apremiará a los infelices despreciando su indigencia. Ya experimentamos estas verdades en todo el tiempo que la Constitución nos ha regido.

Los habitantes del campo lograban aclarar sus derechos y conservar sus propiedades. El Título 6º [?] de la Constitución está consagrado enteramente a la mejor administración de la justicia de los pueblos; debe ser uno de los principales objetos de los Ayuntamientos promover la agricultura, la industria y el comercio.

El venerable Sacerdote no se expondrá más a la indigencia; la Patria fijará una pensión proporcionada a su dignidad y a sus servicios. A los valientes defensores señalaban terrenos que pudiesen cultivar: honraban su memoria con eternos monumentos que recordasen a la posteridad su heroísmo: señalaban pensiones a los imposibilitados.

Desde el establecimiento de la monarquía española se han considerado las Cortes como una parte esencial de la Constitución del Reino, y como el cimiento de la independencia y libertad nacional. Elevad al trono estas consideraciones. Fernando rodeado de aduladores las desconoce. Nunca llegaron a su trono vuestras quejas: le engañaron, no lo dudéis: le sedujeron para oprimiros porque ven su ruina en el momento que recobréis vuestros derechos. Lavemos las ofensas de su Rey, y demos satisfacción a la justicia de Dios y de los hombres. Europa volverá a respetar su trono y nuestros derechos.

José Caveda y Nava


inicio índice asociación cultura documentación naturaleza paisaje personajes reportaje

© Asociación Amgos del paisaje de Villaviciosa
© 1996 Revista cultural Cubera
Consejo de redacción
Fotomecánica e impresión: GRÁFICAS OVIEDO
Edición web de la revista Cubera
Alojamiento y mantenimiento:
asturweb.com
Mensajes y comentarios:
cubera@asturweb.com
Diseño y producción edición web: Roberto Valdés


CUBERA
Asociación "Amigos del Paisaje de Villaviciosa"